Por Daniel Castellanos, Responsable de Programas de Eco-conversión

A pocos días del inicio de la Cuaresma, en el oriente de Guatemala —parte del Corredor Seco Centroamericano— la temporada seca se ha extendido por meses. El aire quema y todo parece tener sed. Mientras gran parte de la vegetación se rinde ante la sequía, los guayacanes (Guaiacum sanctum), desafiantes, permanecen verdes y se visten con sus flores violetas. Es precisamente cuando el paisaje está más seco cuando los guayacanes exhiben toda su belleza.

En esta época del año, estos árboles son los últimos refugios para otros seres vivos. Su secreto es cuestión de profundidad: una raíz principal se hunde verticalmente para acceder a aguas subterráneas profundas. 

Crecer hacia dentro antes de crecer hacia fuera

El evangelio de este Miércoles de Ceniza nos hace una invitación clara: que tu limosna, tu oración y tu ayuno se realicen desde lo profundo del corazón, desde la comunión íntima con el Padre, “… y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,4) 

Frente a la tentación de vivir en la superficie, somos llamados a volver al corazón. Como nos recuerda el Papa Francisco en Dilexit Nos (2),

Cuando nos asalta la tentación de navegar por la superficie, de vivir corriendo sin saber finalmente para qué, de convertirnos en consumistas insaciables y esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia, necesitamos recuperar la importancia del corazón.

El guayacán sobrevive porque no es esclavo de la prisa. Su crecimiento lento, a veces de solo un milímetro por año, se rebela contra la inmediatez. El evangelio nos pide ir a lo profundo, donde encontramos la Fuente que nos permite permanecer en pie cuando arrecia el desierto. 

Jesús critica a quienes buscan ser vistos, pero están secos por dentro. El guayacán, en cambio, no gasta energía en crecer rápido para impresionar a nadie y construye su fuerza con una sabia decisión metabólica: crecer hacia adentro antes que hacia afuera. 

La Cuaresma, un tiempo para ejercitar el corazón

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para fortalecer este vínculo con el Creador y permitir que el corazón, disperso y fragmentado, vuelva a unificarse. 

En la oración encontramos el Agua Viva (Jn 4:14) que sostiene nuestra esperanza cuando las crisis ecosociales se profundizan. En el ayuno nos liberamos de lo que nos sobra para hacer espacio a lo esencial. En la limosna reconocemos que existimos en interdependencia y que nuestra vida cobra sentido cuando se ofrece como don. 

El guayacán nos recuerda que, incluso en la aridez, la vida es posible si está bien enraizada. De esta sabiduría brota el llamado del Objetivo Laudato Si’ de esta semana: cultivar una espiritualidad ecológica que nazca del corazón, porque “solo volviendo al corazón puede darse una verdadera conversión ecológica” (Papa León XIV).

Volver al corazón es un movimiento que transforma nuestra manera de habitar el mundo, ayudándonos a distinguir entre lo necesario y lo superfluo. La espiritualidad que nace del corazón conduce, inevitablemente, a una vida más sobria, más justa y en armonía con los límites de la creación.

Espiritualidad ecológica y los objetivos de Laudato Si’

El guayacán no crece más de lo que puede sostener. Su fuerza no está en la expansión ilimitada, sino en la autocontención: en saber hasta dónde crecer para seguir dando vida.

Ayunar hoy es aprender esa misma sabiduría, rompiendo con la inercia del “más es mejor” para pasar al “mejor con menos.” Es poder decir con libertad “tengo suficiente para ser feliz.”  

Vivido así, en lo íntimo y en lo social, el ayuno es un acto de justicia. Ayunamos de lo que nos sobra para que la Tierra descanse y los empobrecidos tengan lo necesario. No se trata de un sacrificio vacío, sino de una práctica concreta de cuidado en un planeta finito, herido por el exceso y la desmesura.

Autocontenerse, como el guayacán, no es negarse a vivir, sino elegir una vida que deje espacio a los demás. Es dominio de sí al servicio de la vida.

Cristo, el corazón del mundo

Finalmente, este retorno al interior nos revela que Cristo es el Corazón del mundo (Dilexit Nos 31, 81). Su Sagrado Corazón es el principio unificador de toda la realidad, el lugar donde convergen la creación, la humanidad y el amor divino. Volver al corazón, por tanto, significa volver al Suyo. Y amar Su Corazón es, inevitablemente, aprender a cuidar todo lo que Él ama.

Por todo esto, vale la pena iniciar la Cuaresma preguntándonos sinceramente: ¿Qué ha distraído mi corazón de lo que verdaderamente da vida, y cómo me está invitando Dios a volver al corazón: al Suyo y al mío?