Dra. Lorna Gold, directora ejecutiva, Movimiento Laudato Si’

Los comentarios recientes que cuestionan si los inversores católicos se están limitando a «subirse al carro de la desinversión» corren el riesgo de malinterpretar el profundo proceso de discernimiento que muchas instituciones eclesiásticas han emprendido en los últimos años.

El creciente número de diócesis católicas, congregaciones religiosas, universidades y fundaciones que deciden desinvertir en combustibles fósiles no es fruto de seguir una moda. Es el resultado de la oración, la reflexión moral, las pruebas científicas y la responsabilidad pastoral.

Sugerir lo contrario es pasar por alto el verdadero valor que han demostrado las instituciones eclesiásticas al actuar.

Durante la última década, los líderes católicos de todo el mundo se han enfrentado de lleno al desafío moral que plantea la crisis climática. Inspiradas por la encíclica Laudato Si’ del papa Francisco, muchas instituciones iniciaron un proceso serio de discernimiento ecológico. En él han participado miembros de consejos de administración, comités financieros, teólogos, científicos y líderes pastorales, que se han planteado preguntas difíciles: ¿Podemos seguir obteniendo beneficios de actividades que están provocando el colapso climático? ¿Qué responsabilidad tenemos respecto a los pobres, que son los primeros y los más afectados por la destrucción del medio ambiente? ¿Cómo deben las instituciones católicas armonizar sus inversiones con su misión?

Para muchos, las respuestas no han sido ni sencillas ni fáciles de aceptar. Las decisiones de desinversión suelen ser el resultado de años de debate interno, análisis financiero y reflexión espiritual. Implican lidiar con responsabilidades fiduciarias, compromisos en materia de pensiones y carteras de inversión complejas.

No se trata de instituciones que se suman a una moda sin más.

Se trata de instituciones que se toman en serio el Evangelio.

Hasta la fecha, cerca de 400 instituciones católicas de todo el mundo se han comprometido públicamente a desinvertir en combustibles fósiles. Entre ellas se encuentran la Conferencia Episcopal de Escocia y todas las diócesis católicas escocesas, la Conferencia Episcopal de Irlanda, más de dos tercios de las diócesis católicas de Inglaterra y Gales, Cáritas Internacional, los jesuitas de Gran Bretaña y la Universidad de St Mary’s de Londres. Muchas de estas decisiones se tomaron mucho antes de que la desinversión se convirtiera en un tema ampliamente debatido en los círculos financieros.

Estos compromisos han sido muestras de liderazgo moral.

Envían una señal contundente de que la Iglesia reconoce la creciente incompatibilidad entre la protección de la creación y la financiación de la expansión continua de los combustibles fósiles. También reflejan la idea cada vez más extendida de que la transición energética no es sólo un imperativo moral, sino, cada vez más, una realidad económica.

Al mismo tiempo, es importante reconocer la diversidad de procesos de discernimiento que tienen lugar en las instituciones católicas. Algunas han llegado a la conclusión de que una estrategia que combine la desinversión con formas de compromiso estratégico es el camino más responsable a seguir. Otras han dado prioridad a la desinversión total con el fin de enviar una señal moral clara y eliminar cualquier vínculo con la expansión de los combustibles fósiles.

Ambos enfoques reflejan la complejidad de la cuestión y la responsabilidad que tienen los inversores católicos de ejercer un juicio moral y financiero prudente. Lo más importante es que estas decisiones se basen en un discernimiento serio y en un deseo genuino de ajustar las inversiones a la doctrina social católica.

Podría decirse que la desinversión se ha convertido en un imperativo moral, ya que las principales empresas petroleras y gasísticas han dado marcha atrás en sus compromisos climáticos en los últimos años. Shell ha descartado su objetivo climático para 2035 con el fin de seguir ampliando su negocio del gas, mientras que BP ha abandonado su compromiso de reducir la producción de petróleo y gas para 2030. 

Además, las propias empresas de combustibles fósiles han reconocido el impacto de la desinversión. El informe anual de Shell de 2025 destaca que, si esta tendencia se intensificara, «podría tener un efecto adverso significativo en el precio de nuestros valores y en nuestra capacidad para acceder a los mercados de capitales», lo que encarecería la obtención de fondos para continuar con la exploración y la extracción de nuevos combustibles fósiles.

La urgencia de esta conversación no hace más que aumentar, entre otras cosas por la reciente publicación del Manifiesto de las Iglesias del Sur Global, en el que se aboga por una eliminación gradual, ordenada y justa de los combustibles fósiles y por un Tratado sobre Combustibles Fósiles. En los próximos meses, Estados, líderes eclesiásticos, científicos y representantes de la sociedad civil se reunirán en una cumbre en Santa Marta (Colombia) para reflexionar sobre la responsabilidad moral de responder a la crisis climática acordando una hoja de ruta para acabar con los combustibles fósiles. 

Estos debates se desarrollan en un contexto mundial cada vez más inestable. Las nuevas tensiones geopolíticas en Oriente Medio —a menudo descritas como una «guerra del petróleo» en ciernes— son un recordatorio más de hasta qué punto nuestro mundo sigue sumido en la dependencia de los combustibles fósiles. La inseguridad energética, los conflictos, la inestabilidad económica y la degradación medioambiental son síntomas de un sistema que está llegando a sus límites sin un plan claro para abandonar los combustibles fósiles.

Para las comunidades religiosas, esto plantea profundas cuestiones morales. Como nos recuerda el papa Francisco en Laudato Si’: «Todo está conectado». Nuestras decisiones financieras, nuestros sistemas energéticos y nuestro compromiso con la paz y la justicia no pueden separarse.

Las instituciones católicas proclaman el cuidado de la creación, la justicia para los pobres y la responsabilidad hacia las generaciones futuras. Por lo tanto, armonizar las prácticas de inversión con estos valores es una cuestión de integridad. Cuando las instituciones eclesiásticas deciden retirar sus inversiones de los combustibles fósiles, se aseguran de que sus recursos financieros ya no socaven la misión misma que pretenden promover.

No se trata de gestos simbólicos. Se trata de la coherencia entre la fe y la acción.

Se acoge con agrado un debate respetuoso sobre las mejores vías para la inversión basada en la fe. La Iglesia siempre ha valorado el diálogo reflexivo sobre cuestiones éticas complejas.

Pero también debemos reconocer y honrar el valor demostrado por quienes han tomado decisiones difíciles en respuesta al clamor de la Tierra y al clamor de los pobres. 

Las instituciones católicas que han decidido desinvertir en combustibles fósiles no están siguiendo una moda. 

Están respondiendo a un llamamiento moral y contribuyendo a liderar la transición hacia una economía que realmente sirva a la vida, la paz y el bien común.