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Por Mirabelle Uma, asistente de marketing y desarrollo

En el Evangelio de este domingo, Jesús se encuentra con un hombre que ha sido ciego desde su nacimiento. Cuando los discípulos lo ven, le preguntan a Jesús si el hombre o sus padres son responsables de su incapacidad para ver.  Su pregunta refleja una forma común en que las personas tratan de dar sentido al sufrimiento buscando una causa o alguien a quien culpar.

Jesús responde diciéndoles que ni el hombre ni sus padres pecaron. La ceguera del hombre no es un castigo ni un fracaso moral. Y en lugar de ofrecer una explicación, Jesús centra la atención en lo que Dios puede hacer en el momento presente. Les invita a ver este encuentro como una oportunidad para que se revele la obra de Dios.

De la oscuridad a una nueva vida: un evangelio de transformación

Jesús cura al hombre, pero el Evangelio lo presenta como algo más profundo: un nuevo comienzo. La curación del hombre ciego de nacimiento apunta a la iluminación bautismal. No solo recupera la vista, sino también una nueva identidad, y cuando recupera la vista, incluso sus vecinos tienen dificultades para reconocerlo. Algunos están convencidos de que es el mismo hombre. Otros insisten en que solo se parece a él. El cambio es tan completo que inquieta a quienes creían conocerlo.

Su nueva visión no le lleva inmediatamente a la aceptación. La gente dudaba de él y las autoridades religiosas lo interrogaban repetidamente. Sus padres temían hablar abiertamente e incluso se distanciaron de él. Cuanto más sincero era al hablar de lo que le había sucedido, más aislado se sentía. Hasta que finalmente fue expulsado de la comunidad.

Una nueva perspectiva aporta claridad, pero también puede generar tensión. El bautismo y la conversión no solo añaden algo a nuestras vidas, sino que nos transforman de maneras que los demás pueden no comprender o aceptar. El crecimiento en la fe puede alterar las viejas expectativas y relaciones.

Misión en comunidad: construir comunidades resilientes para nuestra casa común

Dilexit Nos nos recuerda que la misión nunca se vive en aislamiento. La misión se vive en comunión con nuestras comunidades y con toda la Iglesia. Cuando nos alejamos de la comunidad, nos alejamos del mismo Jesús. Cuando le damos la espalda a la comunidad, nuestra amistad con Jesús se enfría. El amor por nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia no es opcional. Es el combustible que sustenta nuestra relación con Cristo.

Este compromiso compartido no es solo una expresión de fe, sino también una forma de construir comunidades resilientes. Y es por esta razón que la comunidad se encuentra en el centro del Objetivo Laudato Si’ de Resiliencia y Empoderamiento Comunitario. El Evangelio nos muestra que la resiliencia no se construye a través de reglas o distancia, sino a través de la presencia, el acompañamiento y la responsabilidad compartida. Las comunidades se vuelven resilientes cuando las personas eligen quedarse, apoyarse mutuamente y hacer que ese apoyo sea tangible.

Dar testimonio de la luz en nuestra casa común

El Evangelio termina con un momento de atención y reconocimiento. Después de que el hombre es expulsado, Jesús lo busca. Se encuentra con él de nuevo, lo invita a creer y recibe su fe. Lo que la comunidad no pudo ofrecer, Jesús lo hace. El hombre encuentra su lugar no a través de la aprobación o el estatus, sino a través de una relación con Cristo.

Mientras recorremos la Cuaresma, este Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestra propia apertura al cambio. Nos pide que consideremos cómo Dios podría estar obrando en nuestras vidas, incluso cuando esa obra nos desafía o nos hace sentir incómodos. Nos recuerda que avanzar hacia la luz a menudo requiere dejar atrás formas familiares de ver las cosas y confiar en que Dios nos está guiando hacia una nueva vida.

Durante este tiempo de Cuaresma, detengámonos también a reflexionar sobre la siguiente pregunta: ¿A dónde estoy siendo enviado para dar testimonio de la luz que he recibido dentro de mi comunidad?