
por Ivan Efreaim A. Gozum
En cada generación, la humanidad ha buscado avanzar: inventar, crear, construir. Estos sueños de progreso se pueden ver en la construcción de puentes, el descubrimiento de nuevos mundos y la invención de máquinas que facilitan la vida.
Celebramos los rascacielos, los coches autónomos y la inteligencia artificial como signos de lo lejos que hemos llegado. Desde el descubrimiento del fuego hasta el auge de la inteligencia artificial, el progreso siempre ha formado parte de nuestra historia. Sin embargo, hoy nos encontramos en una encrucijada: nuestra tecnología es cada vez más inteligente, pero nuestros corazones parecen más lentos para amar; nuestras ciudades son cada vez más altas, pero nuestras relaciones son cada vez más frágiles; nuestras máquinas son cada vez más potentes, pero nuestro sentido de propósito es cada vez más incierto. Por lo tanto, es importante reflexionar sobre el hecho de que, bajo el brillo de la innovación, se esconde una inquietud silenciosa: ¿realmente estamos avanzando o nos estamos alejando de lo que nos hace humanos?
Vivimos en una época en la que el «robot», símbolo del progreso moderno y del genio humano, ha superado al «río», símbolo del flujo natural, la vida y el equilibrio. El río y el robot, símbolos de la naturaleza y la tecnología, se nos presentan como un desafío. El río fluye suavemente, sustentando la vida, recordándonos la paciencia y el ritmo de la creación. El robot, construido por manos humanas, refleja nuestro genio, pero también nuestra inquietud, nuestro deseo constante de controlar, calcular y superar. Cuando el río y el robot se mueven en armonía, el progreso está al servicio de la vida. Pero cuando el robot domina el río, corremos el riesgo de perder no solo el equilibrio, sino también nuestra propia humanidad. La pregunta que se nos plantea es urgente: ¿puede el progreso seguir fluyendo con la naturaleza, o hemos empezado a luchar contra la corriente de la propia creación?
Cuando el progreso se convierte en un obstáculo para el crecimiento
Nuestro mundo moderno ha alcanzado cotas tecnológicas asombrosas. Se suponía que el progreso iba a liberar al ser humano, facilitar el trabajo, curar enfermedades y acercar a las naciones. Sin embargo, paradójicamente, a menudo obstaculiza el crecimiento que promete. Hoy en día, muchas personas se sienten más ansiosas, solas y desconectadas que nunca. Las mismas herramientas que prometían conexión a menudo nos aíslan. Las redes sociales dividen a las comunidades en cámaras de eco; la adicción digital fragmenta la atención; y la inteligencia artificial, aunque capaz de hazañas impresionantes, plantea cuestiones éticas sobre la dignidad del trabajo humano, la creatividad y la toma de decisiones. En nuestra carrera por la innovación, corremos el riesgo de crear sistemas que profundizan la desigualdad, consumen los recursos del planeta y reducen a las personas a meros puntos de datos o unidades de trabajo.
La tecnología, que en su día fue una herramienta para conectar, en ocasiones se ha convertido en un muro. Amenaza con sustituir la creatividad y la empatía humanas por una fría eficiencia. Cuanto más rápido avanzamos, menos parecemos recordar por qué lo hacemos.
El papa Pablo VI, en Populorum Progressio, advirtió contra esta misma ilusión de progreso. Escribió: «El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (n.º 14). El verdadero progreso, entonces, no consiste en más tecnología o riqueza, sino en el florecimiento de la dignidad humana y la solidaridad.
Cuando el progreso se olvida de las personas, deja de ser progreso.
Los riesgos de la tecnología y la inteligencia artificial
La inteligencia artificial es uno de los logros más sorprendentes de la actualidad: es capaz de componer música, diagnosticar enfermedades y resolver problemas complejos. Pero también plantea profundas cuestiones morales. ¿Quién la controla? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Y qué sucede cuando la línea entre el ser humano y la máquina comienza a difuminarse?
El papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2024 titulado «Inteligencia artificial y paz», advierte que la tecnología siempre debe estar al servicio de la humanidad, y no dominarla. Nos recuerda que la verdadera medida del progreso es la persona humana. El papa Francisco afirma: «La dignidad inherente a cada ser humano y la fraternidad que nos une como miembros de la única familia humana deben sustentar el desarrollo de las nuevas tecnologías y servir de criterios indiscutibles para evaluarlas antes de su uso, de modo que el progreso digital pueda producirse con el debido respeto a la justicia y contribuir a la causa de la paz. Los avances tecnológicos que no conducen a una mejora de la calidad de vida de toda la humanidad, sino que, por el contrario, agravan las desigualdades y los conflictos, nunca pueden considerarse un verdadero progreso». Cuando los algoritmos dan forma a la verdad, cuando los datos sustituyen al discernimiento, corremos el riesgo de crear un mundo eficiente pero carente de compasión, informado pero no sabio.
La tecnología, cuando se separa de la ética, pasa fácilmente de ser una herramienta de progreso a convertirse en algo destructivo. En lugar de hacer progresar a la humanidad, la tecnología se convierte en un arma de dominación. Puede explotar a los trabajadores mediante sistemas de producción deshumanizantes, manipular las emociones mediante algoritmos que se aprovechan del miedo y el deseo, e incluso poner en peligro la democracia al distorsionar la verdad y erosionar la confianza. En tales casos, la tecnología ya no sirve a la humanidad, sino que se convierte en su amo. Pero cuando se guía por la conciencia, la solidaridad y el cuidado de la creación, puede ser un hermoso instrumento de comunión y creatividad. De este modo, la tecnología recupera el lugar que le corresponde como extensión de la creatividad y el cuidado humanos. Se convierte no en una fuerza de aislamiento, sino en un puente de comunión; no en un medio de control, sino en un medio de colaboración y belleza. Si se ordena adecuadamente, el progreso tecnológico puede reflejar la imagen divina dentro de la persona humana: la capacidad de crear, conectar y cultivar la vida.
El robot no debe borrar el ritmo del río. La innovación debe fluir con la sabiduría de la creación, no contra ella.
Cómo afecta el progreso a las relaciones y al yo
El rápido ritmo de la vida digital ha transformado la forma en que nos relacionamos, no solo con los demás, sino también con nosotros mismos. Nuestra atención está fragmentada, nuestro descanso se ha acortado y nuestra percepción de nosotros mismos depende a menudo de las pantallas y las métricas. En nombre del progreso, hemos aprendido a conectarnos al instante, pero no de forma profunda. A menudo escuchamos historias de personas que afirman que sus parejas y amigos ya no interactúan cara a cara, sino que prefieren las interacciones en línea. Algunos, aunque estén juntos físicamente, se limitan a mirar sus dispositivos y no hablan entre ellos. Hay quienes, cuando les quitan sus dispositivos, se sienten agitados. En estos casos, la tecnología ya no nos conecta, sino que nos divide.
El filósofo Romano Guardini lo previó en sus reflexiones sobre el mundo moderno: cuando los seres humanos pierden su vida interior, la tecnología se convierte en un ídolo. A Guardini le preocupaba que la tecnología no fuera solo una herramienta, sino una nueva visión del mundo que buscaba dominar la naturaleza. Una metáfora utilizada aquí es la de las lanchas motoras en un lago, donde la intervención humana altera el orden natural y la contemplación es sustituida por la indiferencia. Corremos el riesgo de definirnos no por lo que somos, sino por lo que producimos o publicamos.
La Iglesia nos recuerda que las relaciones son la base de nuestra humanidad. El papa Francisco, en Fratelli Tutti, nos exhorta a redescubrir «la cultura del encuentro», una forma de vida que nos enseña a ver, apreciar y amar a cada persona como un hermano o una hermana, y no como un medio para alcanzar un fin. El auténtico crecimiento humano no nace del aislamiento ni de la automatización, sino de la presencia; del acto sencillo y sagrado de estar con los demás. El amor requiere presencia, escucha y vulnerabilidad, todo lo cual se resiste a la lógica de las máquinas. Ningún algoritmo puede replicar la ternura de la compasión o la profundidad de la escucha genuina. Las máquinas pueden simular el diálogo, pero no pueden ofrecer comprensión; pueden procesar información, pero no pueden compartir empatía. El amor, como enseña la Iglesia, requiere vulnerabilidad, la voluntad de dejarse afectar por la alegría y el dolor de los demás. Florece en la belleza impredecible del encuentro humano, donde los corazones se encuentran y comienza la transformación. En un mundo cada vez más moldeado por la mediación digital, la Iglesia nos llama a salvaguardar este espacio humano sagrado, a garantizar que la tecnología esté al servicio de las relaciones, y no al revés.
Cuando la tecnología moldea nuestras relaciones, debemos preguntarnos: ¿Esta herramienta me ayuda a amar mejor? ¿Me ayuda a comprender a los demás, a cuidar la creación o a crecer en paz? Si no es así, entonces el progreso ha perdido su rumbo.
Ecología integral: reunir el progreso y la creación
Aquí reside la sabiduría de la ecología integral, una de las grandes ideas de la encíclica Laudato Si’ del papa Francisco. Él nos recuerda que todo, la vida humana, las estructuras sociales y el mundo natural, está interconectado. Nunca se insistirá lo suficiente en cómo todo está interconectado. Como escribe el papa Francisco, la cultura ecológica es más que un conjunto de soluciones rápidas a la contaminación o al agotamiento de los recursos. Requiere una nueva forma de ver el mundo, una mentalidad, un estilo de vida y una espiritualidad que se resisten al dominio del paradigma tecnocrático. Sin esta transformación interior, incluso los esfuerzos medioambientales bienintencionados corren el riesgo de convertirse en parte del mismo sistema que causó la crisis. La verdadera renovación ecológica debe abordar no solo los problemas externos, sino también las raíces morales y culturales más profundas de cómo vivimos y nos relacionamos con la creación.
La ecología integral nos llama a ver que la crisis ecológica y la crisis moral son una y la misma cosa. Una cultura que degrada la naturaleza también degrada a las personas. La misma mentalidad que contamina los ríos también contamina las relaciones, las economías y las almas. Al mismo tiempo, la ecología integral exige una visión de la realidad en la que la humanidad, la creación y Dios estén profundamente interconectados. Desafía el paradigma tecnocrático que trata a la naturaleza como un objeto que hay que controlar en lugar de un regalo que hay que apreciar. Si bien la tecnología puede servir al bien común, a menudo fomenta una mentalidad de dominación y explotación cuando se separa de los valores éticos y espirituales. La ecología integral nos invita a recuperar el equilibrio.
Fluir con la naturaleza significa reconocer los límites y ver la creación no como un recurso que explotar, sino como un don que cuidar. El verdadero progreso debe armonizar con el ritmo de la Tierra, respetando el equilibrio entre innovación y contemplación, entre la creación y el Creador.
En esta visión, la inteligencia artificial, las herramientas digitales y el ingenio humano no son enemigos de la ecología; pueden convertirse en aliados si se basan en la ética y el amor. La Iglesia nos llama a una nueva síntesis: unir la creatividad tecnológica con la humildad ecológica.
Desarrollo humano integral: más que un complejo de edificios
La sociedad moderna suele confundir el desarrollo con la construcción. Es como si las autopistas, los rascacielos y las aplicaciones pudieran definir por sí solos el progreso humano. Pero el desarrollo humano integral, un principio fundamental de la doctrina social católica, nos recuerda que el verdadero desarrollo no consiste en construir más, sino en ser más humanos.
Toda la humanidad está llamada a avanzar juntos, tal y como subrayó el papa Pablo VI al afirmar que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz. Por lo tanto, todo desarrollo, incluso el tecnológico, no debe ser un obstáculo para el bien común. Del mismo modo, el papa Benedicto XVI, en Caritas in Veritate, profundiza en esta idea al afirmar que el auténtico desarrollo debe incluir no solo el crecimiento material, sino también las dimensiones moral, espiritual y cultural. Como afirmó, «El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad».
El progreso que solo beneficia a unos pocos o que daña la creación es una forma de regresión. El verdadero desarrollo debe ser inclusivo, llegando a los pobres, los marginados e incluso a las generaciones futuras. Debe ser holístico, nutriendo la mente, el cuerpo y el alma en armonía con la Tierra.
Por eso la ecología integral y el desarrollo humano integral van de la mano. Ambos buscan la integridad. Ambos nos recuerdan que el destino de la humanidad no es la dominación, sino la comunión.
La visión de la Iglesia: Progresar con alma y avanzar juntos
La Iglesia no rechaza la tecnología ni el progreso; los bendice cuando están al servicio de la vida y el amor. Ella imagina un mundo en el que la ciencia y la fe, la innovación y la compasión, el robot y el río, fluyen juntos. En esta visión, el progreso no es un ídolo, sino una vocación. Es un llamado a usar nuestra creatividad al servicio del bien común. La Iglesia nos insta a preguntarnos: ¿Esta innovación eleva el espíritu humano? ¿Protege la creación? ¿Promueve la justicia y la paz?
Si es así, entonces forma parte de la creación continua de Dios. Si no es así, entonces corre el riesgo de convertirse en Babel, una torre que se eleva muy alto, pero sin cimientos en el amor.
Volviendo a nuestra analogía, imagina un río que fluye a través de un bosque. Es claro, fuerte y da vida. Ahora imagina un robot a su lado, diseñado no para represarlo, sino para ayudarlo a fluir de manera más inteligente. Está ahí para preservar su pureza, para compartir sus aguas de manera justa, para garantizar la vida de las generaciones futuras.
Esta es la armonía que nuestro mundo anhela: donde el progreso humano fluye con la creación, no contra ella; donde la tecnología sirve a la humanidad, no la esclaviza; donde el corazón y la mente, la fe y la razón, lo humano y lo digital, bailan juntos en paz. En esta era de la inteligencia artificial, es bueno recordar esto. Como afirma el papa León XIV, «la IA, especialmente la IA generativa, ha abierto nuevos horizontes en muchos niveles diferentes, incluyendo la mejora de la investigación en el ámbito de la salud y los descubrimientos científicos, pero también plantea preguntas inquietantes sobre sus posibles repercusiones en la apertura de la humanidad a la verdad y la belleza, en nuestra capacidad distintiva para comprender y procesar la realidad».
Seamos, pues, constructores no solo de máquinas, sino también de significado. Seamos innovadores que crean con compasión y creyentes que ven en cada acto de progreso una oportunidad para glorificar al Creador. Porque cuando el río y el robot se mueven juntos, cuando la fe y la ciencia, la humanidad y la naturaleza, el amor y la lógica se encuentran, entonces el progreso fluirá verdaderamente hacia la justicia, hacia la paz y hacia una vida abundante para todos.
Acerca del autor
Ivan Efreaim A. Gozum es profesor universitario en el Instituto de Religión de la Pontificia y Real Universidad de Santo Tomás, en Manila, donde obtuvo su licenciatura en Filosofía y ahora está cursando su doctorado en Filosofía, con especialización en Teología. También es investigador asociado del Centro de Investigación en Teología, Estudios Religiosos y Ética (RCTRSE) de la misma universidad. Además, tiene un máster en Educación Religiosa y Valores por la Universidad Holy Angel, en Ángeles, Pampanga. Sus intereses de investigación incluyen los estudios sobre la familia, las humanidades médicas, la inteligencia artificial, Gabriel Marcel, Tomás de Aquino y Karol Wojtyla. Como académico emergente, ha presentado sus trabajos en conferencias locales e internacionales y ha publicado artículos en revistas académicas, tanto aquí como en el extranjero.





